“Algunos de los mejores discursos que escuchamos en público se dan en los funerales”, publicó mi amigo de Facebook y predicador, Warren Berkley. “Se trata de contar historias con la elocuencia del corazón. Nadie describe la estructura ni critica la presentación. Simplemente escuchamos”.
Después de ver la mayor parte del funeral del presidente George H.W. Bush y escuchar los panegíricos, tengo que decir que Warren tenía razón.
Las historias que contaron familiares, amigos y colegas fueron sentidas, conmovedoras y, a menudo, humorísticas. Hablaban del carácter de Bush: su gentileza, su bondad, su coraje, su dignidad, su decencia, su lealtad, su honor y su gracia bajo presión.
Los elogios que dieron los distintos oradores me recordaron una gran cita de J. R. Miller: “Lo único que regresa de la tumba con los dolientes y se niega a ser enterrado es el carácter de un hombre. Lo que un hombre es le sobrevive. Nunca podrá ser enterrado”.
Entre las muchas frases memorables del servicio de Bush hubo dos que me resonaron. Ambas fueron del elogio conmovedor y a menudo humorístico del ex senador de Wyoming Alan Simpson.
“A quienes recorren el camino de la humildad en Washington no les molesta el tráfico pesado”.
“El odio corroe el recipiente en el que se transporta”.
Se ha dicho muchas veces que “la humildad es la madre de todas las virtudes”. Consideremos las virtudes bíblicas identificadas como el fruto del espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio (Gálatas 5:22-23). En primer lugar, se requiere humildad para siquiera darse cuenta de que uno es deficiente en cualquiera de estas áreas. En segundo lugar, se necesita humildad para crecer, madurar y alcanzar estos ideales.
La humildad le ayuda a saber quién es realmente. Ni el reconocimiento ni la reprensión pueden hacerle temblar. Cuando recibe elogios, no permite que eso le llene de orgullo. Y cuando experimenta desaprobación, no permite que eso le desanime. No es de extrañar que “Dios dé gracia a los humildes” (Santiago 4:6).
Además, ¿cómo puede odiar la gente verdaderamente humilde? La gente humilde no tiene lugar para el odio en su corazón. Están demasiado ocupados ayudando a la gente. Amando. Compartiendo. Cuidando. Levantando. Y escuchando.
Aquellos que odian a los demás a menudo envidian las virtudes o los logros de los demás que no han alcanzado. Parece que el odio y la envidia a menudo se ven juntos. En el caso de los patriarcas y su hermano José, la Biblia dice: “lo odiaban” y “lo envidiaban” (Gén. 37:4; 37:11). El odio y la envidia son pecados siameses que sabotearán nuestro éxito, tanto material como espiritual, y finalmente nos destruirán.
El odio erosiona, corroe y corrompe a aquel en quien habita. El odio arruina las relaciones, arruina los matrimonios y devasta el alma. Altera, daña y destruye todo lo que toca. Lamentablemente, ha dividido a muchas iglesias.
A menudo es fácil rebajarse al odio. Se necesita esfuerzo para tomar con humildad el camino correcto. Y Simpson tenía razón. No hay aglomeraciones.
Seguir el consejo inspirado del apóstol Pablo ayudará a eliminar el odio y elevar la humildad en nuestras vidas. “No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás” (Fil. 2:3-4).
Recuerde, como escribió el autor Rick Warren: “La verdadera humildad no es pensar menos de uno mismo; es pensar menos en uno mismo”.
Escribe: Ken Weliever
Traduce: Basilio Muñoz
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